miércoles, 3 de agosto de 2011

El día que le dije que no a un Rivo

Por @desubikarla

Ir a la playa es, para muchos, sinónimo de relajación. Yo soy de esas que tienen la fortuna de contar con una abuela con casa en Acapulco. En esta casa usé mi primer traje de baño, aprendí a nadar y he pasado el 80% de cambios de año, muchas semanas santas y algunos veranos.

Por años he mantenido mi regla, subir las escaleras una vez y bajarlas una vez; no salir ni a la esquina. La rutina es simple, despertar hasta que mis ojitos se abran, desayunar huevos rancheros (con jamón abajo en lugar de tortilla), regaderazo, traje de baño, bronceador, libro (que normalmente pasea por toda la casa), 5 minutos de sol, 20 de alberca, 40 de sombra, otros 5 minutitos –no, mejor 2-, comida deliciosa, siesta vespertina, risas, unos traguitos, más risas, a dormir y vuelta a empezar.

Mis primos ya crecieron, las vacaciones son de adultos, la alberca es más para refrescarnos que para entretenernos, en las mañanas hay silencio y en las noches hablamos a gritos. No esta vez. Esta vacación la Casa de la Paz (el nombre que escogió mi abuelo para su casa) está convertida en un kinder, con maternal, estimulación temprana y todo el kit.

No me malinterpreten, no soy una bruja comeniños pero tampoco soy la maestra Gaby. Tengo un límite. En este momento me encuentro refugiada escribiendo este texto con una cerveza porque ya rompió el día y porque me da la gana. No es que no me guste amanecer con mi sobrina brincándome en la panza, pero a las 7 de la mañana no hay humor, por más que les digo que juguemos al temblor –no corro, no grito, no empujo- no les late mi juego.

Con ánimos de cambio de aire ayer fuimos a ver a mi madre, está en el departamento de una amiga, de esos que tienen 8 albercas, salida a la playa y meseros que te ceban sin control. La amiga de mi mamá me ofreció un “Rivotrilito” no me imagino la cara que me vio pero así sin más sacó una ziploc de su bolsa y me dijo que con ese hasta pasado mañana “mijita”. Le dije que no y me arrepiento. En fin, me seguiré refugiando en mi libro, mi doña pera (mi ipod) y disfrutando de mis sobrinos, que la neta están bien padres. Cuando llegue a México pienso recetar un reventón de esos de adultos, de esos en los que no se permiten infantes, de esos que pudo permitirme porque no tengo hijos.

PD. Este texto no tiene que ver con tecnología y me da igual.

No hay comentarios:

Publicar un comentario